Allí, miles y miles de alemanes campan a sus anchas. Disponen de sus propios locales, lugares regentados por millonarios empresarios españoles que impiden la entrada a los ciudadanos locales para que, intuyo, los germanos se sientan como en casa, sin intrusos. En ese lugar, con la vigilancia de apenas de seis o siete policías (al menos a la vista), viví la final del Mundial.

Una final que terminó en celebración para los alemanes. Hacía 24 años que no ocurría, así que ya era hora. Demasiado tiempo para un equipo incombustible que, junto a la selección española, ha marcado el paso del fútbol mundial en los últimos años. Tras el fiasco sufrido en su propio Mundial en 2006, Joachim Low llegó a la Mannschaft con la misión de recuperar el poderío perdido. Y vaya si lo ha conseguido. Con una idea muy clara (inspirada en España, como ha reconocido el propio seleccionador) y sin abandonarla pese a las derrotas (que han sido muchas y dolorosas), lo cual tiene un mérito colosal. Jugando al fútbol Alemania sí es un país simpático.

Nadie cuenta con más talento por centímetro cuadrado que Low. No se trata de una casualidad, por supuesto, así que a este ritmo y con semejante método de trabajo creo que tenemos Alemania para rato. Neuer, Muller, Schweinsteiger… cualquiera de ellos hubiera merecido un Balón de Oro que, incomprensiblemente, fue para Messi. Supongo que por una cuestión de marketing, quién sabe. Lo cierto es que ese premio no ha logrado esconder la verdad: Alemania no necesita ninguna estrella rutilante para sentirse superior al resto. Posiblemente ahí resida la clave de su éxito. Sin olvidar que juegan muy bien al fútbol. Mejor que nadie. Lo único que espero es que España esté de vuelta pronto para llevarme la contraria.