Sin llegar a ese extremo, en Brasil lo han vuelto a lograr. Y lo han hecho con un equipo ramplón más Messi, sobre el que recaía la responsabilidad de emular al Maradona del 86 y reconquistar el título 28 años después. Pues bien, Messi no ha sido ni la sombra de aquel Diego pero Argentina disputará igualmente la final.

 

Aficionados argentinos en Río de Janeiro
Un aficionado argentino en Río de Janeiro disfrazado del Papa Francisco.

 

Y no importa dónde se encuentren: la pasión argentina es planetaria. En Río, en Buenos Aires o en Mallorca, en la Fan Fest o en la terraza de un bar; en toda partes animan con la misma entrega, los mismos cánticos y festejan con la misma intensidad. Yo diría que son una extensión de sus jugadores y éstos, primero hinchas y, después, futbolistas. Conviven en una armonía perfecta jueguen bien, mal o regular.

 

Aficionados argentinos en Río de Janeiro
Estos hinchas argentino en la FanFest de Copacabana no se separan de la Copa del Mundo.

 

Y habría que decir que en Brasil han jugado muy mal. Algunos de sus partidos se cuentan entre los peores del campeonato. Sin apenas jerarquía en el centro del campo, más allá de la capacidad de mando de Mascherano, lo han fiado todo a la inspiración de Messi. A la suya, la de Agüero, Higuaín y Di María. Y ninguno de ellos, salvo el madridista, han estado a su mejor nivel. Además, los han ido perdiendo por el camino. Ante Holanda, Sabella sólo pudo contar con Leo y el Pipita, condenado a perseguir centrales holandeses en la presión y sin apenas presencia en el área rival. Pero dio igual. Argentina volvió a contar con ese plus indefinible que los empujó hasta la final. Veremos si les alcanza para batir a Alemania. Ellos, al menos, están seguros de que es posible.