La tercera aventura del viaje comenzó en el asiento trasero del mismo taxi a los mandos del mismo taxista que nos llevó del aeropuerto de Bangkok a Koh Chang en el capítulo anterior de este relato –y que puedes leer aquí–. Nos habíamos citado con él en la puerta del ferry y, para nuestro regocijo, allí estaba, plantado frente a su vehículo rosa y con su brillante medallón colgado al cuello, esperándonos. ¿Qué podía salir mal?, me pregunté, sin tenerlas todas conmigo.

 

Viaje a Tailandia - Aventuras que marcan
El ferry que nos devolvió al antiguo reino de Siam tras ocho días en la isla de Koh Chang

 

La empresa, en cualquier caso, no se presentaba fácil. Nos habíamos propuesto dormir esa misma noche en Siem Riep, la ciudad que da cobijo a los visitantes de Angkor Wat. Debíamos recorrer una distancia de 377 km. lo que, traducido en tiempo, eran unas 6 horas aproximadamente. Había que tener en cuenta las carreteras e infraestructuras locales, la tensión existente en la zona –las relaciones entre Tailandia y Camboya no atravesaban su mejor momento– y el hecho de que nuestro taxista no podía cruzar la frontera, así que estábamos obligados a hacer el trayecto en dos etapas.

 

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En la imagen se aprecia mi cara de expectación ante el viaje que nos espera

 

LAS CARRETERAS TAILANDESAS

La primera transcurrió de manera tan apacible como el viaje anterior. Recorrimos de sur a norte la provincia de Chanthaburi, una zona tranquila de discreta vegetación e imponentes montañas, que aparecían repentinamente en el paisaje como surgidas de la nada. Dejamos a la izquierda el Parque Nacional Namtok Phliu mientras avanzábamos en paralelo a la frontera camboyana. Debo decir que las carreteras tailandesas son relativamente buenas. Al menos, el asfalto es firme y no hay peligro de precipitarse por un socavón mal resuelto. Es propicia, incluso, para echarse una cabezadita. No fue el caso, ya que permanecí con los ojos como platos, atento a cada sorpresa que pudiera depararme el camino.

 

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El paisaje que contemplamos durante el trayecto

 

TENSIÓN EN LA FRONTERA

A medida que nos acercáramos al paso fronterizo, la tensión se palpaba en el ambiente. Dejamos atrás la autovía para adentrarnos en carreteras de un sólo sentido, arropadas por una espesa vegetación. Conforme nos aproximábamos a la frontera, empezaron a ser habituales los controles militares. No obligaban a detenerse, pero las vallas en mitad del camino y los soldados apostados con su arma reglamentaria invitaban a reducir la marcha y tomarse las cosas con calma.

Al parecer, la tensión que reina entre los gobiernos desde hace más de 60 años se había acentuado aquellos días, así que ambos países decidieron desplegar tropas a lo largo de la frontera. El motivo: la soberanía de una zona próxima a las ruinas del antiguo templo de Preah Vihear, al oeste de donde nos encontrábamos, explotado comercialmente por Tailandia pero levantado en territorio camboyano, según el Tribunal Internacional de La Haya. Aprovechando nuestra visita, Camboya decidió solicitar que el templo hindú, consagrado al dios Shiva, fuese declarado Patrimonio de la Humanidad, lo que provocó las iras tailandesas. De hecho, tres meses después de nuestro paso por allí, los soldados se liaron a tiros dejando dos muertos y siete heridos, riña que se repitió en 2011 provocando decenas de miles de desplazados. Si se llega a enterar mi madre me deshereda.

 

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Uno de los controles militares que nos encontramos camino de la frontera con Camboya

 

El caso es que, desconocedores de aquella escalada de tensión –para que luego digan que la ignorancia es mala– observábamos el panorama como si aquello fuera un decorado turístico, todo en perfecta armonía: el bosque, las montañas, los puestos ambulantes de simpáticos thais y los militares armados hasta los dientes. Alcanzamos Poipet más de tres horas y 227 km. después de salir de Koh Chang, dispuestos a cruzar a Camboya y encontrar un transporte tan eficiente como el que dejábamos atrás. Pero la cosa no iba a ser tan sencilla como parecía.

 

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Mis compañeros mochileros, en el momento de cruzar al Reino de Camboya

 

10 ETERNOS MINUTOS SIN PASAPORTE

En el momento de llegar al puesto fronterizo, cientos de camboyanos regresaban a sus casas después de cumplir con su jornada laboral en Tailandia donde, sin duda, debían encontrar condiciones de trabajo más favorables. En aquel trasiego de gente dimos con el lugar donde debíamos poner en regla nuestro pasaporte: una alargada caseta más allá del arco que da la bienvenida al Reino de Camboya y junto al Grand Diamond City Hotel. Entregamos nuestros documentos a un amable señor, aparcamos la mochila en un rincón y nos sentamos a descansar un rato cuando observamos, atónitos, cómo el receptor de nuestro tesoro más preciado se largaba. Nos miramos sin saber muy bien qué hacer mientras un sudor frío nos recorría la espalda.

 

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Paso fronterizo de Poipet

 

Tras unos segundos de vacilación, un funcionario nos informó que debíamos esperar. Algo que, por otra parte, ya sabíamos. ¿Qué íbamos a hacer si no? Pasaron los minutos y por allí no dejaba de pasar gente, aunque a aquella sala no entraba nadie. Debíamos de ser un caramelo para los trabajadores de la aduana. Después de diez eternos minutos, el mismo señor que nos había dejado allí plantados con el corazón en un puño regresó con nuestros pasaportes en ristre y un bonito sello estampado. El precio, 40 dólares por persona, un pequeño abuso que nos pareció de lo más correcto. En aquellas circunstancias, estábamos dispuestos a pagar lo que fuera por continuar el viaje perfectamente documentados.

 

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Las carreteras de Camboya, muy diferentes a las tailandesas

 

NOS ESPERA ANGKOR WAT

Felices y satisfechos por que todo se resolviera favorablemente a nuestros intereses, pusimos un pie en Camboya y negociamos el resto del recorrido con los taxistas que nos esperaban a porta gayola. Restaban 150 km. por carreteras en mucho peor estado que las que habíamos encontrado en Tailandia. Así que, sin más dilación, emprendimos el camino a Siem Riep. Nos disponíamos a visitar una de las grandes maravillas de la Humanidad, un lugar que me deparó grandes satisfacciones y también una pequeña tragedia, de la que no me recuperé hasta varias semanas después de regresar a España. Pero eso será carne de otro capítulo.