Comienzan los cuartos de final y la cosa se pone seria, así que no habrá un solo rincón de la ciudad donde no se vea el partido. Ayer, en una favela de Río (Santa Marta, junto al barrio de Botafogo), me fijé en un vecino que ascendía la interminable escalinata con un televisor bajo el brazo, aún sin desembalar. Imagino que su bautismo se producirá con el partido de esta noche. De fondo, un paisaje sembrado de antenas parabólicas.

 

Favela de Río (Santa Marta, Botafogo)
Los niños de la favela de Santa Marta, en Río de Janeiro, juegan al fútbol en su pequeño campo.

 

Santa Marta fue la primera favela pacificada de Río. Cuenta con una UPP (Unidad de Policía Pacificadora) integrada por más de 120 agentes dedicados en exclusiva a la seguridad del barrio. Su cercanía a la ciudad impresiona: apenas una calle separa el morro de la zona residencial de Botafogo. El contraste tampoco deja indiferente. Desde el mirador, a donde se llega tras un trayecto de diez minutos en un pequeño funicular (sin duda, el principal elemento integrador del barrio), el panorama es esclarecedor: de un lado están los afortunados y del otro, no.

 

Favela de Santa Marta en Río de Janeiro
Las conexiones están listas en Santa Marta para el partido de Brasil en la Copa del Mundo.

 

Diferencias abismales que se difuminarán cuando arranque el partido. Media hora antes de hacerlo el funicular suspenderá el servicio; lo retomará media hora después del pitido final, tiempo suficiente para asimilar el resultado. El pequeño campo de fútbol que corona Doña Marta también se vaciará. Será el momento de que los pequeños tomen nota antes de emular a los héroes a la mañana siguiente. No queda otra que seguir intentándolo, no sea que, el día menos pensado, alguien preste atención al talento que se encuentra allí encerrado. Un lugar igual de válido pero, sin duda, mucho menos afortunado.