CASTILLO DE HIMEJI | LA GARZA BLANCA

No es extraño que, desde la estación de tren de ciertas ciudades japonesas, se divise el castillo en perfecta alineación con el andén. Una forma muy sutil de darte la bienvenida. Sólo hay que apearse y caminar en línea recta para llegar hasta él. Y eso es precisamente lo que hicimos en Himeji, nuestra segunda excursión desde Osaka tras la de Nara: ir y volver por la avenida principal. No nos desviamos ni medio metro. Sabíamos que todo el interés se concentraba en aquel recinto, donde pasamos toda la mañana. El castillo de Himeji está construido en madera, su color blanco es un material ignífugo para proteger su delicada —o no tanto— estructura del fuego y es uno de los 12 castillos originales que quedan en Japón, es decir, nunca fue reconstruido ni alterado. Impresionante. Su interior también lo es, pero está completamente vacío. Nosotros disfrutamos la experiencia de descalzarnos y resbalar por el suelo de madera pulido, alcanzar la última planta y contemplar los alrededores en una vista de 360º, conocer alguno de sus miles de recovecos y fantasear un poco. Pero le falta chicha. Tanta madera se te hace bola. Su historia, eso sí, es fantástica. Con la entrada —cuesta 1.000¥— adquirimos también el ticket para los jardines Koko-en —por 40¥ más—. Y no nos arrepentimos.

El Castillo de Himeji es uno de los más espectaculares y auténticos de Japón

JARDINES KOKO-EN | LA CEREMONIA DEL TÉ

Como digo, merece la pena pagar los 40¥ extra para pasear por los Jardines Koko-en, en el complejo del Castillo de Himeji. Es como si alguien te pusiera una sustancia en la bebida: no te desmayas, pero casi. Te ves flotando entre setos, árboles, muros de lodo perfectamente alineados, estanques, lámparas de piedra, pasadizos, puentes, riachuelos, casas de madera… Se trata de nueve jardines tradicionales japoneses diseñados con diferentes técnicas paisajísticas. Nosotros nos detuvimos en el jardín de la ceremonia del té, donde pensábamos sumergirnos en el Japón más ancestral. Pero no fue para tanto. La ceremonia, en la casa de té Souju-an, consistió en descalzarnos, arrodillarnos sobre una esterilla y consumir el té matcha y el dulce tradicional —una especie de mazapán— que nos sirvieron por 500¥ por cabeza. Es cierto que saboreamos una experiencia mágica gracias al entorno, las vistas y el personal que nos atendió, y también a que pusimos algo de nuestra parte. Pero no hubo ningún tipo de ritual para servir el té.

Los jardines Koko-en del parque de Himeji, impresionantes

KOBE | EL PARAÍSO DE LA CARNE DE WAGYU

Ya éramos conscientes, a estas alturas del viaje, del peso que el Shinkansen tendría en nuestras vidas. Para nosotros se había convertido en el metro de Japón. Así que, para volver de Himeji a Osaka hicimos parada en Kobe, donde daríamos buena cuenta de un buen pedazo de carne de wagyu. Concretamente, medio kilo de carne entre los dos. No nos complicamos la vida: nada más salir de la estación nos dirigimos a un Steak Land, una cadena de restaurantes que, según nuestras referencias, ofrecía una buena relación calidad-precio. Y así nos pareció. Pedimos un set completo que incluía verduras, bebida y postre por 4.450¥ por persona. Una carne deliciosa, aunque no sé si Marta guardará el mismo recuerdo —esa noche vomitó nada más llegar al hotel—.

Carne de wagyu en el restaurante Steakland de Kobe