No hay nada que me embelese más que escuchar los avatares de una ciudad, su conquista, esplendor, destrucción… De qué manera vivían sus habitantes, cómo llegaron allí o por qué se marcharon (en este caso, cómo fueron sepultados). Uno de esos lugares mágicos es Pompeya, la ciudad romana que fue arrasada por el Vesubio en el año 79 d.C. y que se encuentra a tan sólo 24 kilómetros de Nápoles, uno de los destinos de mis viajes futboleros. Así que, cuando planeé el viaje, tuve tanto interés en conocer Pompeya y su historia como en asistir a un partido en San Paolo (sí, a ese nivel llega mi afición por la historia).

 

Castillo de San Telmo (Nápoles)
El Vesubio está omnipresente en Nápoles. Desde el Castillo de San Telmo se ve así de espectacular.

 

BAJO LA MIRADA DEL VESUBIO

Nada más poner un pie en Nápoles, uno se siente vigilado. No me refiero a los ojos de la Camorra, ni a los de la policía, ni siquiera a las miradas de las napolitanas. Quien vigila es el Vesubio, el imponente volcán que acecha la ciudad. No se trata de una montaña cualquiera, eso es evidente. Todo el que conozca sus fechorías sabrá de lo que hablo. Y, si no, ahí van algunos datos: su última erupción tuvo lugar en 1944 (26 muertos), ha sufrido 42 desde 1631, es decir, una cada 8 años. De hecho, el Vesubio se encuentra en el periodo más largo de inactividad, lo que no es nada tranquilizador. Así que, cuando subes al Castillo de San Telmo, paseas por el marítimo y miras de reojo aquel mastodonte, un ligero escalofrío te recorre el cuerpo. Se encuentra a tan sólo 9 kilómetros de la ciudad.

 

Villa romana en Pompeya (Nápoles)
Una de las villas romanas mejor conservadas de Pompeya. Imposible no imaginarse la vida en aquella época.

 

SALIDA DESDE LA PLAZA GARIBALDI

El primer encuentro con el Vesubio se produce en la misma Plaza de Garibaldi, donde se ubica la Estación Central de trenes. A Garibaldi llegué procedente de Roma y allí es donde, un par de días más tarde, cogí el tren rumbo a Pompeya. No es descabellado, sin embargo, visitar las ruinas directamente desde la capital italiana. De hecho, hay excursiones en autobús destinadas a ello; también está el tren, cuyo trayecto desde la estación romana de Termini dura entre una y dos horas (depende de la tarifa); y por último se puede emplear el coche de alquiler, ya que la distancia es de tan sólo 240 km. Pero, desde Nápoles, todo es más sencillo: desde la Estación Central apenas se tarda 30′-40′ y el trayecto de ida y vuelta cuesta menos de 3€. Hay que coger la línea Circumvesuviana dirección Sorrento (pasan cada media hora) y bajarse en Pompei Villa dei Misteri. A mitad de camino está Herculano, la otra ciudad romana arrasada por el Vesubio (más pequeña y dicen que incluso más espectacular que Pompeya).

 

Foro Romano en Pompeya (Nápoles)
Tommy, un conversador nato, hubiera disfrutado en aquellos tiempos de debate y discusión en el Foro.

 

RESERVA 2-3 HORAS… O TODO EL DÍA

El tamaño, en este caso, sí que importa. Aunque aún no se ha desenterrado la totalidad de las ruinas, la dimensión de Pompeya es descomunal: más de 12 hectáreas de las 66 que ocupa están abiertas al público, lo que, traducido a campos de fútbol, no tengo ni idea de lo que es, pero mucho. Si quieres hacerte una idea general de la ciudad necesitarás entre 2 y 3 horas. Pero si tu intención es visitarla con calma y detenerte en los detalles, no hagas otros planes para ese día. Alquila una audio-guía (6,5€) o pide el libro explicativo que ofrecen con la entrada: éste es gratis y cuenta lo que mismo que la audio-guía, así que, si no perteneces al 40% de españoles que no ha leído un libro en su vida, se trata de una opción útil con la que te ahorras 6,5€.

 

El anfiteatro de Pompeya (Nápoles)
El Coliseo, en un extremo de la ciudad, es el colofón de la visita. Por la conservación de su fachada podría pasar por un estadio actual.

 

TE SENTIRÁS COMO UN ROMANO MÁS

En cuanto a la visita, no seré yo quien repase aquí la historia de Pompeya, pero sí te diré lo que más me llamó la atención de la visita: las calzadas con sus pasos de cebra, la calle de las tabernas, el lupanar, la conservación de algunas villas y mosaicos, los cuerpos contorsionados ante la inminente llegada de la lava y, sobre todo, el hecho de pasear por un lugar esplendoroso con la sensación de que Claudio Augusto pasará a tu lado rumbo a un espectáculo en el Coliseo.