Uno no viaja hasta allí sólo para ver jugar al Liverpool (salvo excepciones), sino que lo hace, principalmente, para conocer Anfield —aquí puedes ver cómo ha cambiado el estadio con la nueva tribuna—. Y eso es, precisamente, lo que nos movió a emprender nuestro primer viaje futbolero; desde entonces no hemos parado. Si sientes el mismo deseo que nosotros, un consejo: no te reprimas. Merece la pena. El nuestro fue un viaje relámpago. Disponíamos de un fin de semana y decidimos compaginar dos estadios y dos ciudades. El sábado por la mañana viajamos a Londres para presenciar un Arsenal-West Ham en el Emirates Stadium —que puedes ver aquí—. Y, tras el partido, viajamos a Liverpool por carretera (en un coche alquilado) para asistir el domingo a un Liverpool-Chelsea. Entonces teníamos muchas ansias futboleras pero, sinceramente, os recomendaría un viaje más pausado.

 

Con Tomás Campos camino de Liverpool
Tras ver al Arsenal en el Emirates nos fuimos a Liverpool en coche. ¡Nos esperaba Anfield!

 

UN HOTEL EN LAS AFUERAS

Como digo, en Londres pasamos el tiempo justo para llegar al Emirates, ver el partido y salir rumbo a Liverpool, a donde llegamos a eso de las nueve de la noche. El trayecto en coche dura algo más de tres horas, pero con Juan Castro al volante los tiempos se acortan de lo lindo. Así que pudimos dejar las cosas en el hotel —Devonshire House, a diez minutos en coche de Anfield—, estrenarnos en un cab (taxi inglés) y conocer el centro de la ciudad. Lo primero que nos encontramos fue el frío. Una mezcla explosiva de frío y humedad, así que esa noche apenas dejamos ropa en la maleta. Embutidos como el muñeco de Michelín, observamos atónitos a grupos de muchachas que, camino del pub o de la discoteca, apenas lucían un ligero vestido de tirantes. No lo podíamos entender. En ese preciso instante fuimos conscientes de que los Scouse (habitantes de Liverpool) están hechos de otra pasta. Y no era necesario ir a los astilleros para comprobarlo.

 

Juan Castro, helado de frío en Liverpool
No es que la imagen esté borrosa, es que Juan temblaba de frío.

 

FÚTBOL CONTRA EL FRÍO

Como digo, este primer viaje futbolero lo tomamos muy en serio. Lo primero que hicimos fue buscar un pub en el que ver el partido de La Liga. Nos costó, pero finalmente encontramos uno. No fue gran cosa (Numancia 0-2 Real Madrid), pero al menos escapamos del frío y catamos una pinta. El resto de la noche fue pasear por el centro, cenar una hamburguesa grasienta y poco recomendable que Tomás Campos, un enamorado de la gastronomía británica, siempre recordará —más adelante, decidió resarcirse con este artículo sobre comer bien y barato en Londres— y volver de regreso al hotel. Optamos por madrugar el domingo en lugar de trasnochar el sábado. Un acierto, pues lo aprovechamos al máximo.

 

Si es día de partido en Anfield, acércate esa misma mañana a Goodison Park. Merece la pena echar una ojeada al estadio del Everton

 

Emocionado en The Cavern
Aquí, un amante de los Beatles que entra por primera vez en The Cavern. Come on!!!

 

RECORRE EL CENTRO DE LIVERPOOL

Nuestro primer destino el domingo fue Goodison Road: había que visitar el estadio del Everton, Goodison Park. Curioseamos en la tienda oficial (estuvimos a punto de vaciarla) y volvimos al centro para conocer The Cavern Club, uno de los lugares emblemáticos de Liverpool, situado en la mítica Matthew Street. Despachamos unas pintas y pusimos rumbo a Anfield. Con más tiempo, lo normal sería recorrer la zona, donde aguardan lugares fantásticos: Royal Albert Dock y el museo de los Beatles (The Beatles Story Experiencie), la Catedral, el Museo de Liverpool, el Echo Arena Liverpool, el Pier Head y los magníficos edificios que jalonan el río Mersey. Junto a The Cavern se encuentra el Hard Days Night Hotel, un magnífico edificio que da la bienvenida a un barrio imponente. Recorre la zona hasta llegar, al menos, al Ayuntamiento (Liverpool Town Hall), por un lado, y hasta la zona del World Museum por el otro (entrando por la calle William Brown, por supuesto).

 

 

Y, POR FIN, ANFIELD

Nosotros fuimos directos al estadio. Aparcamos frente al cementerio de Anfield y cruzamos por Stanley Park. Se acercaba la hora de la comida y nos echamos a temblar. Efectivamente, se confirmaron nuestros peores augurios: almorzamos un fish&chips bañado en curry. La cara de los comensales lo dice todo. Para sanearnos por dentro buscamos un pub. Todos los de la zona estaban atestados, así que decidimos disfrutar del ambiente a palo seco. No era cuestión de que empezara el partido y nos pillara allí, en la barra. Todavía teníamos que visitar la tienda del club, fotografiarnos en The Kop y disfrutar del verdadero encanto de Anfield: la cercanía de las casas, las estrechas escaleras para acceder a las gradas, los asientos de madera… Y, por supuesto, cantar a todo trapo You’ll never walk alone, un ritual que te pondrá los pelos de punto. En definitiva, esos pequeños detalles que convierten Anfield en el estadio que todo futbolero debería visitar, al menos, una vez en la vida.