El análisis futbolístico del 1-7 no tiene mucho misterio: basta con ver la idea de un equipo y la del otro para encontrar una explicación a lo que sucedió en Belo Horizonte. Luego, el resultado puede ser más o menos abultado, pero la diferencia entre Brasil y Alemania, a día de hoy, es abismal. Luego, el resultado puede ser más o menos abultado, pero la diferencia entre Brasil y Alemania, a día de hoy, es abismal. A mí me interesa más el impacto que tuvo el partido en el pueblo brasileño, para quien la eliminación resultó una humillación grosera, yo diría que insultante.

Unos días en Río de Janeiro son suficientes para darse cuenta de la importancia que tiene allí la Copa del Mundo. A nadie se le pasaba por la cabeza perder el Mundial, no cabía ni preguntar por ello. Admito que pronto me contagié del ambiente: no concebía otra cosa que no fuera una final entre Brasil y Argentina en Maracaná, no me digáis por qué. Pero lo sentía, igual que los millones de brasileños que paralizaban la ciudad los días de partido. Ante Chile, en octavos de final, vi las primeras lágrimas en una hinchada que rezaba y suplicaba para que no se interrumpiera el sueño. Entonces ya me pude imaginar lo que significaría un traspié antes de tiempo.

El objetivo no sólo era ganar, sino vengar la afrenta del año 50. Sí, a pesar de los años transcurridos, en la mente de los aficionados aún permanecía aquella inesperada derrota ante Uruguay. Había que desquitarse como fuera, demostrar al mundo que nadie más volvería a profanar su territorio. Ahora, nadie se acordará de aquello. El Maracanazo quedará sepultado por el tremendo sopapo alemán, que marcará de por vida el rostro de los brasileños. Dudo que, por más años que pasen, encuentren la manera de desagraviar semejante derrota.