Llegó la hora de hacer balance. Mañana se bajará el telón a la Copa del Mundo y el interés virará, definitivamente, hacia los fichajes, las presentaciones y las giras de pretemporada. Nos olvidaremos de casi todo, salvo de tres cosas: el nombre del campeón, el 1-7 de Belo Horizonte y el batacazo de España. Apenas quedará nada del juego de Brasil, posiblemente una de las grandes decepciones del Mundial. La estrepitosa derrota ante Alemania permanecerá grabada en la mente de la torcida, pero la vulgarización de la mejor selección de la historia nos marcará para siempre al resto.

Brasil necesita una regeneración urgente. Volver a los orígenes. Sin ellos, el fútbol nunca volverá a ser lo mismo. Lo pensaba mientras paseaba por el ‘Clube de Regatas do Flamengo’, la sede del equipo más popular del país. Allí conversé con Adilio, que junto a Andrade y Zico formó el centro del campo del Flamengo campeón del mundo en 1981 (3-0 ante el Liverpool). Aquella escuadra iba de la mano con la fascinante selección brasileña que, pese a asombrar al mundo durante años, fue incapaz de alcanzar las semifinales en España’82 y México’86. El ansia por ganar (el mismo que ha consumido estos días a Scolari) sepultó aquel maravilloso estilo hasta nuestros días.

Zico, genuino representante del Brasil del 82 cuya estatua preside el hall del Clube, ha alzado la voz para pedir un cambio de rumbo en la seleçao. El mítico ’10’ llama a «repensar el fútbol brasileño», anclado en una idea que no le corresponde. Ahora que la fórmula tampoco ha funcionado (lo hizo en EEUU con Mauro Silva, Mazinho, Romario, Bebeto; y en Corea y Japón con Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho…) es el momento de mirar de nuevo al pasado. «No se está hablando lo suficiente de la lección de fútbol que nos dio Alemania», dijo Zico, apuntando a la clave del asunto: el juego. Ese es el camino que debe reemprender Brasil, el mismo que no debe abandonar España.